Mirai, mi hermana pequeña

Mié, 13/03/2019 - 13:03
Espíritus familiares

Por Jesús Palacios

En los últimos años, tras la retirada de Hayao Miyazaki, da la impresión de que Mamuro Hosoda se ha convertido en el encargado de tomar su relevo al frente de un cine de animación japonés –que tampoco responde exactamente a la definición tradicional de anime- para todos los públicos y edades, y si bien es cierto que existen diferencias sustanciales entre ambos creadores y sus mundos, también es verdad que el cine del segundo, con sus historias que combinan la fantasía con la realidad, el cuento moral sin moralina con la aventura, el humor blanco con algunas pinceladas de color y la sencillez con el barroquismo, sigue de alguna forma la estela del primero, en el sentido de ser capaz de llegar tanto a niños como a adultos, de despertar los sentimientos sin caer en el sentimentalismo, y de satisfacer las necesidades de una narrativa cinematográfica eficaz y hasta brillante al tiempo que estimula sabiamente la emoción y empatía de un amplio espectro de público, que poco a poco está comprendiendo que la animación no es un género, sino un medio, y que no sólo puede existir y existe una animación para adultos, sino que también la animación dirigida primordialmente a un espectador infanjuvenil puede y debe satisfacer las exigencias del público adulto. Esto, al margen de los productos Pixar y similares.

La prueba de que Hosoda ha conseguido este objetivo, erigiéndose así en principal continuador de la estela trazada por Miyazaki –y en menor medida pero también por su colega y socio en Ghibli, el ya fallecido Isao Takahata- es que su más reciente producción, Mirai, mi hermana pequeña, no sólo ha cosechado ya un buen número de premios en festivales y certámenes, sino que se ha convertido en la primera película de animación japonesa en optar al Oscar... que no está producida por los estudios Ghibli. No es de extrañar, puesto que, aunque en un registro más sentimental y familiar, Mirai está a la altura de la notable filmografía de su autor y consigue tanto entretener como asombrar, combinando de forma sutilmente elaborada y sólo aparentemente fácil, el realismo con la magia, lo cotidiano con lo maravilloso y el drama sentimental con la fantasía más desbordante. Partiendo de una anécdota realista: el retrato de una familia que acaba de tener un segundo bebé, la pequeña Mirai del título, que provocará los celos y desconfianza infantiles de su hermano mayor, crónica que a veces reviste prácticamente el carácter de las crónicas familiares de Hirokazu Kore-eda, Hosoda introduce los viajes en el tiempo –a los que es tan aficionado, recordemos “La chica que saltaba a través del tiempo”-, los fantasmas del futuro, las transformaciones antropomórficas de animales y mascotas, y, en el tercio final y más impresionante, un auténtico descenso ad infernos de la gran ciudad, digno de las más desbocadas y siniestras fantasías de Lewis Carroll o el Dr. Seuss, consiguiendo que el conjunto, pese a ciertos altibajos, ofrezca siempre algo para alguien, llegando y satisfaciendo a todo espectador abierto y amante no sólo de la animación japonesa, sino de la animación y el cine en general. Aunque personalmente prefiero obras más exuberantes, místicas y épicas, como Wolf Children o El niño y la bestia, no cabe duda de que Mirai, mi hermana pequeña, confirma a Hosoda como el nuevo representante internacional del mejor cine japonés animado de ayer y hoy.