Sábado, 17 Noviembre 2018
Medipress

Ha nacido una estrella

Mar, 09/10/2018 - 13:25
Palimpsesto hollywoodiense

Por Jesús Palacios

Es casi como una suerte de maldición milenaria: cada cierto tiempo, Hollywood se ve impelido a realizar una nueva versión de Ha nacido una estrella, la historia del ascenso de una artista femenina del mundo del espectáculo y de la tragedia del fracasado hombre que la ayuda a triunfar, pero no será capaz de seguirla en su camino hacia el éxito. Un melodrama que es puro Hollywood, por supuesto, y que se ha llevado al menos cuatro veces ya a la pantalla, cinco si contamos Hollywood al desnudo (What Price Hollywood?, 1932), dirigida por George Cukor y cuyo argumento fue prácticamente plagiado por la primera versión de Ha nacido una estrella (A Star is Born, 1937), firmada por William Wellman, en cuya realización participara también Jack Conway sin acreditar, y protagonizada por Janet Gaynor y Frederic March. Paradójicamente, la película, nominada al Oscar en siete categorías, ganaría tan sólo la de Mejor Guion Original, algo que debió hacer que Cukor, quien se había negado a dirigirla basándose en que se trataba prácticamente de la misma historia de Hollywood al desnudo, se subiera por las paredes... Y decidiera dirigir él mismo su remake casi veinte años después.

Es precisamente la versión de Cukor, donde el personaje de la actriz se convierte ahora también en cantante, con lo que el filme deviene así musical, como lo serán después sus siguientes encarnaciones, estrenada en 1954 y protagonizada por la magnífica pareja compuesta por Judy Garland, como la joven promesa del espectáculo, y James Mason como su fracasado y alcohólico marido, la que posiblemente sea más recordada por los amantes del cine en general y del cine clásico en particular. Considerada una de las mejores, si es que no la mejor, de las interpretaciones de la mítica Judy Garland, la película, tras conseguir para sus protagonistas dos flamantes Globos de Oro en las categorías de mejor actriz y actor, se quedó sin embargo a las puertas del Oscar, con seis nominaciones y ningún galardón. Algo que hoy, francamente, resulta un tanto incomprensible. Habría que esperar otra vez más de veinte años para que Hollywood volviera de nuevo sus ojos hacia esta historia clásica y romántica de éxito, fracaso, amor y desamor, pero situándola en esta ocasión en el nuevo escenario de glamour, lujo y tentaciones que constituía el mundo del rock en los años 70. Llegó así la versión realizada por Frank Pierson en 1976, protagonizada por unos icónicos Barbra Streisand y Kris Kristofferson, que, sin embargo, fue la peor recibida por la crítica. De nuevo, los Oscar se resistieron y de los cuatro a los que fuera nominada, sólo conseguiría el de mejor canción para Evergreen, escrita por Paul Williams y Barbra Streisand. Dicen las malas lenguas que parte del relativo fracaso del filme se debió al exceso de carácter –o sea: de mal carácter- de su estrella femenina, que acabó tarifando con el director y creando numerosos problemas durante el rodaje. En cualquier caso, la película fue un éxito de público, y todo el mundo coincidió en que Kristofferson se llevaba el gato al agua en su trágica encarnación del fracasado partenaire de la protagonista.

Ahora, transcurridos poco más de treinta años, en plena fiebre del remake, ha llegado la versión siglo XXI de Ha nacido una estrella, que viene firmada en la dirección por el actor Bradley Cooper en su debut tras las cámaras, y que protagonizan el propio Cooper en el papel otrora interpretado por Frederic March, James Mason y Kris Kristofferson, y ni más ni menos que por Lady Gaga en el de la estrella naciente. De momento, la película ha vuelto locos a los críticos, que la consideran una de las mejores adaptaciones de la historia y que han alabado tanto a sus protagonistas como la dirección del novel Cooper. En cualquier caso, algo parece claro: que el mundo del espectáculo no ha debido cambiar mucho en casi un siglo desde aquel Hollywood al desnudo de 1934, y que la historia de Ha nacido una estrella posee el poder arquetípico de los dramas inmortales que Hollywood siempre ha sabido explotar, incluso cuando lo que describen es su propia naturaleza fáustica, explotadora e incluso diabólica. O precisamente por eso.